Marlon Pineda | 28 junio 2026

Marlon Pineda es un fotógrafo, escritor y periodista colombiano, especializado en la fotografía documental y urbana en blanco y negro, su narrativa se centra en personajes anónimos enmarcados en su cotidianidad. Su oficio como escritor y periodista lo lleva a crear imágenes que también cuentan una historia, su fotografía nos hace recuperar esas miradas a lo que nos rodea todos los días y darle más fondo a la forma de la realidad.
El tiempo no suele llevarse las cosas de golpe. Tiene una manera mucho más discreta de borrar las cosas. Las va apartando con una paciencia casi perfecta, hasta que un día descubrimos que aquello que siempre estuvo ahí ha desaparecido y ya nadie es capaz de decir cuándo ocurrió.
Sucede con las personas. Con los lugares. Con las palabras.
Con las palabras ocurre de una forma particular. Primero dejan de aparecer en las conversaciones. Después desaparecen de las canciones, de los libros, del cine. Poco a poco dejan de ser una posibilidad y terminan pareciéndonos una costumbre antigua, una idea heredada de otra generación.
Creo que ese está siendo el destino de una palabra que durante siglos organizó buena parte de la vida de las personas: Hogar. No la casa.No el matrimonio. No el ritual religioso. Hogar.
Hace unas semanas decidí escribir sobre la manera en que esa palabra parece diluirse cada vez más en la vida moderna. No buscaba defender una institución ni lamentar los cambios de una época. Quería responder una pregunta mucho más sencilla: saber si esa palabra todavía habitaba la imaginación de alguien o si ya había abandonado nuestro tiempo.
¿Todavía hay alguien que tenga como una de sus metas vivir la vida completa junto a otra persona?
Comencé a hacer esa pregunta en las conversaciones cotidianas. Este último año me ha tocado viajar con frecuencia y eso me dio la oportunidad de hablar con personas de distintas edades, profesiones y lugares.Fue entonces cuando empecé a notar la ausencia.
No era una ausencia estruendosa. Nadie hablaba en contra del matrimonio. Tampoco del amor. Simplemente había una idea que parecía haber desaparecido de las conversaciones: imaginar el resto de la vida junto a una misma persona.
Algunos querían viajar y vivir antes de pensar en compartir la vida con alguien.Otros decían que sí querían hijos, pero no pareja. Otros decían que era mejor vivir sin compromisos y algunos defendían la independencia como si toda forma de permanencia implicara una renuncia total a nosotros mismos. Las respuestas eran distintas pero la ausencia era la misma. Había dejado de escucharse una aspiración que durante generaciones pareció casi inevitable: la de formar un hogar. Enamorarse sigue siendo una industria inagotable.
Creo que construir una vida entre dos nunca fue un acto de inspiración. Siempre fue un trabajo de albañiles. Tal vez por eso, en una época enamorada de la velocidad, cada vez haya menos personas dispuestas a levantar una obra que no se termina nunca.
Quise llevar la búsqueda un poco más lejos. Decidí escribir una primera versión de esta columna para encontrar más respuestas. Pero antes de hacerlo apareció la publicación de una mujer a la que no conozco. Respondió un comentario y decía algo que me obligó a detenerme.
«Yo quiero a alguien para toda la vida, no solo para un momento. Alguien con quien pueda contar en todo momento, en las altas y en las bajas; que sea leal, exclusivo. No pido más. No importa si es rico o humilde. La plata se consigue entre los dos. Por algo se llama pareja, equipo.»
No me sorprendió que alguien quisiera enamorarse. Eso sigue ocurriendo todos los días. Lo que me sorprendió fue encontrar a alguien que hablara de permanecer. Leí aquellas líneas varias veces. Más de las que estoy dispuesto a admitir.
Hablaban de compartir el peso de los días. De entender que una pareja también puede ser un equipo. De construir. Y construir siempre ha sido un verbo incómodo.
Construir exige aceptar que habrá días en los que no se vea ningún avance. Exige paciencia. Exige reparar antes que reemplazar. Exige permanecer cuando sería más fácil marcharse. Las obras importantes no se levantan de un solo impulso; se sostienen a fuerza de poner un poco todos los días.
Fue inevitable relacionar esas palabras con algo que también se describe de esa manera, la construcción de una casa. Es un proyecto que he abandonado varias veces, no porque dejara de querer hacerlo, sino porque muchas decisiones terminaban enfrentándome a una conversación que nunca ocurría.
¿Dónde va la ventana? ¿Hacia dónde debe mirar la cocina? ¿De qué color serán las paredes? Aunque un arquitecto está para responderlas, siempre imaginé que esas decisiones las tomaría con alguien. Siempre me ha parecido una experiencia de vida significativa. Ahí comprendí que la búsqueda que había empezado en las conversaciones con otras personas había terminado regresando a mí.
Porque las casas, cuando uno las imagina de verdad, nunca se construyen para una sola persona. Uno no piensa dónde poner una silla. Piensa dónde irán dos. No imagina una taza de café.Imagina la otra. Las paredes pueden levantarse en unos meses. Un hogar tarda mucho más. A veces empieza antes de que exista la primera ventana. A veces nunca llega, aunque la casa esté terminada. Fue allí donde entendí que las casas pueden construirse en soledad. Los hogares, no.
Queda el consuelo, perdido un poco en la desesperanza, que todavía hay personas que piensan en hogar ¿y tú?